martes 17 de noviembre de 2009

¿Qué hay detrás de la ventana?

Fotos, por Roberto Bolaño


Para poetas, los de Francia, piensa Arturo Belano, perdido en África, mientras hojea una especie de álbum de fotos en donde la poesía en lengua francesa se conmemora a sí misma, qué hijos de puta, piensa, sentado en el suelo, un suelo como de arcilla roja pero que no es de arcilla, ni siquiera arcilloso, y que sin embargo es rojo o más bien cobrizo o rojizo, aunque al mediodía es amarillo, con el libro entre las piernas, un libro grueso, de 930 páginas, que es como decir 1.000 páginas, o casi, un libro de tapa dura, La poésie contemporaine de langue française depuis 1945, de Serge Brindeau, editado por Bordas, un compendio de pequeños textos sobre todos los poetas que escriben en francés en el mundo, ya sea en Francia o Bélgica, Canadá o el Magreb, los países africanos o los países del Medio Oriente, lo que resta un poco de valor al milagro de haber hallado este libro aquí, piensa Belano, pues si incluye poetas africanos está claro que algunos ejemplares tuvieron que viajar a África en las maletas de los propios poetas o en las maletas de un librero patriota (de su lengua) y terriblemente ingenuo, aunque sigue siendo un milagro que uno de esos ejemplares se perdiera precisamente aquí, en esta aldea abandonada por los humanos y por la mano de Dios, en donde sólo estoy yo y los fantasmas de los sumulistas y poca cosa más excepto el libro y los colores cambiantes de la tierra, cosa curiosa, pues la tierra efectivamente muda de color cada cierto tiempo, por la mañana amarilla oscura, al mediodía amarilla con estrías como de agua, un agua cristalizada y sucia, y después ya no hay quien la quiera mirar, piensa Belano, mientras mira el cielo por donde pasan tres nubes, como tres signos por un prado azul, el prado de las conjeturas o el prado de las mistagogías, y se asombra de la apostura de las nubes que avanzan indeciblemente lentas, o mientras mira las fotos, el libro casi pegado a la cara, para poder apreciar esos rostros en todas sus torsiones, palabra que no viene al caso pero que sí viene al caso, Jean Perol, por ejemplo, con cara de estar escuchando un chiste, o Gérald Neveu (a quien ha leído), con cara como de deslumbrado por el sol o como si viviera en un mes que es una conjunción monstruosa de julio y agosto, algo que sólo pueden soportar los negros o los poetas alemanes y franceses, o Vera Feyder, que sostiene y acaricia un gato, como si sostener y acariciar fuera lo mismo, ¡y es lo mismo!, piensa Belano, o Jean-Philippe Salabreuil (a quien ha leído), tan joven, tan guapo, parece un actor de cine, y me mira desde la muerte con una media sonrisa, diciéndome a mí o al lector africano a quien le perteneció este libro que no hay problema, que los vaivenes del espíritu no tienen objeto y que no hay problema, y luego cierra los ojos pero no mira al suelo, y luego los abre y pasa la página y aquí tenemos a Patrice Cauda, con cara de golpear a su mujer, qué digo a su mujer, a su novia, y a Jean Dubacq, con cara de empleado de banco, un empleado de banco triste y sin demasiadas esperanzas, un católico, y a Jacques Arnold, con cara de gerente del mismo banco donde trabaja el pobre Dubacq, y a Janine Mitaud, boca grande, ojos vivísimos, una mujer de mediana edad con el pelo corto y con el cuello delgado y con cara de humorista fina, y a Philippe Jaccottet (a quien ha leído), flaco y con cara de buena persona, aunque tal vez, piensa Belano, tiene esa cara de buena persona de la que uno nunca debe fiarse, y Claude de Burine, la encarnación de Anita la Huerfanita, incluso el vestido o lo que la foto permite ver del vestido es idéntico al vestido de Anita la Huerfanita, ¿pero quién es esta Claude de Burine?, se dice Belano en voz alta, solo en una aldea africana de donde todos se han marchado o muerto, sentado en el suelo con las rodillas levantadas mientras sus dedos recorren a una velocidad inusual las páginas de La poésie contemporaine en busca de datos sobre esta poeta, y cuando finalmente los encuentra lee que Claude de Burine nació en Saint-Léger-des-Vignes (Niévre), en 1931, y que es la autora de Lettres a l'enfance (Rougerie, 1957), La Gardienne (Le Soleil dans la tete —buen nombre para una editorial, 1960),L'Allumeur de reverberes (Rougerie, 1963), y Hanches (Librairie Saint-Germaindes- Prés, 1969), y no hay más datos biográficos sobre ella, como si a los treintaiocho años, tras la publicación de Hanches, Anita la Huerfanita hubiera desaparecido, aunque el autor o la autora de la nota introductoria dice de ella: Claude de Burine avant toute autre chose, dit l'amour, l'amour inépuisable, y entonces en el cerebro recalentado de Belano todo se aclara, alguien que dit l'amour puede perfectamente desaparecer a los treintaiocho años, y más, mucho más, si esa persona es el doble de Anita la Huerfanita, los mismos ojos redondos, el mismo pelo, las cejas de quien ha pasado una temporada en la inclusa, la expresión de perplejidad y de dolor, un dolor paliado en parte por la caricatura, pero dolor a fin de cuentas, y entonces Belano se dice a sí mismo aquí voy a encontrar mucho dolor, y vuelve a las fotos y descubre, bajo la foto de Claude de Burine y entre la foto de Jacques Reda y la foto de Philippe Jaccottet, a Marc Alyn y Dominique Tron compartiendo la misma instantánea, un segundo de relax, Dominique Tron tan distinta de Claude de Burine, la existencialista, la beatnik, la rockera, y la modosita, la abandonada, la desterrada, piensa Belano, como si Dominique viviera en el interior de un tornado y Claude fuera el ser sufriente que lo contempla desde una lejanía metafísica, y nuevamente a Belano le pica la curiosidad y acude al índice y entonces, después de leer né a Bin el Ouidane (Maroc) le 11 décembre 1950, se da cuenta de que Dominique es un hombre y no una mujer, ¡debo estar en plena insolación!, reflexiona mientras se espanta un mosquito (totalmente imaginario) de la oreja, y después lee la bibliografía de Tron, que ha publicadoStéréophonies (Seghers, 1965, es decir a los quince años), Kamikaze Galápagos (Seghers, 1967, es decir a los diecisiete años), La soufrance est inutile (Seghers, 1968, es decir a los dieciocho años), D'épuisement en épuisement jusqu 'a l'aurore, Elizabetb, oratorio autobiographique suivi de Boucles defeu, mystére (Seghers, 1968, es decir otra vez a los dieciocho años), y De la Science-fiction c'est nous, a l'interpretation des corps(Eric Losfeld, 1972, es decir a los veintidós años), y no hay más títulos, en gran medida porque La poésie contemporaine se publicó en 1973, si se hubiera publicado en 1974 seguro que encontraría otros, y entonces Belano piensa en su propia juventud, cuando era una máquina de escribir igual que Tron, incluso puede que más guapo que Tron, reflexiona achicando los ojos para mirar mejor la foto, pero para publicar un poema, en México, en los lejanos años en que vivió en México DF, debía sudar sangre, y luego piensa que una cosa es México y otra cosa es Francia, y luego cierra los ojos y ve un torrente de charros espectrales pasar como una exhalación de color gris por el lecho de un río seco, y luego, antes de abrir los ojos —con el libro firmemente sujeto por ambas manos—, ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera el ciclón adolescente que es Dominique Tron, el autor, precisamente, de La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso los malos, en esos puentes de fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y con un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a la frágil, a la fragilísima) Claude de Burine corriendo a los brazos de Dominique Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, aunque esta vez está decidido a mirar las fotos y nada más, y así encuentra a Pierre Morency, un chico guapo, a Jean-Guy Pilón, un tipo problemático y nada fotogénico, a Fernand Ouellette, un hombre que se está quedando calvo (y si tenemos en cuenta que el libro se editó en 1973 lo más probable, en un sentido o en otro, es que el tipo ya esté calvo del todo), y a Nicole Brossard, una chica de pelo lacio, con la raya en el medio, los ojos grandes, la mandíbula cuadrada, guapa, le parece guapa, pero Belano no quiere saber la edad de Nicole ni los libros que escribió y pasa página, y entra de golpe (aunque en la aldea en que se halla varado entrar de golpe no es nunca entrar de golpe) en el reino de las mil y una noches de la literatura y también de la memoria, pues allí está la foto de Mohammed Khair-Eddine y Kateb Yacine y Anna Greki y Malek Haddad y Abdellatif Laabi y Ridha Zili, poetas árabes de lengua francesa, y algunas de esas fotos, lo recuerda, ya las había visto, hace muchos años, tal vez en 1972, antes de que apareciera el libro que tiene en las manos, tal vez en 1971, o puede que se equivoque y las viera por primera vez, con una sensación que persiste y que no atina a explicarse aunque se ubique a medio camino entre la perplejidad —una singular perplejidad hecha de dulzura— y la envidia por no pertenecer a ese grupo, el año 73 o 74, lo recuerda, en un libro sobre poetas árabes o sobre poetas magrebíes que una uruguaya, durante unos pocos días, llevó consigo a todas partes en México, un libro de tapas ocres o amarillas como las arenas del desierto, y luego Belano da la vuelta a la página y aparecen más fotos, la de Kamal Ibrahim (que ha leído), la de Salah Stétié, la de Marwan Hoss, la de Fouad Gabriel Naffah (un poeta feo como un demonio), y la de Nadia Tuéni, Andrée Chedid y Venus Khoury, y entonces Belano casi pega la cara a la página para ver con más detalle a las poetas, y Nadia y Venus le parecen francamente hermosas, con Nadia follaría, se dice, hasta el amanecer (suponiendo que en algún momento caiga la noche, pues la tarde en la aldea parece seguir al sol en su marcha hacia el oeste, eso piensa Belano no sin acongojarse) y con Venus follaría hasta las tres de la mañana, y luego me levantaría, encendería un cigarrillo y saldría a caminar por el Paseo Marítimo de Malgrat, pero con Nadia hasta el amanecer, y las cosas que le hiciera a Venus se las haría a Nadia, pero las cosas que le hiciera a Nadia no se las haría a nadie más, piensa Belano mientras observa sin parpadear, la nariz casi pegada al libro, la sonrisa de Nadia, los ojos vivaces de Nadia, la cabellera de Nadia, oscura, brillante, abundante, una sombra protectora y eficaz, y entonces Belano mira hacia arriba y ya no ve las tres nubes solitarias en el cielo africano que cubre la aldea en donde se encuentra, esa aldea que el sol arrastra hacia el oeste, las nubes han desaparecido, como si tras contemplar la sonrisa de la poeta árabe de las mil y una noches las nubes sobraran, y entonces Belano rompe su promesa, busca en el índice el nombre Tuéni, y luego se dirige sin temblar hacia las páginas críticas dedicadas a ella y en donde sabe que encontrará su ficha biobibliográfica, una ficha que le dice que Nadia nació en Beirut en el año 1935, es decir que cuando se editó el libro tenía treintaiocho años, aunque la foto es de antes, y que ha publicado varios libros, entre ellos Les Textes blonds (Beyrouth, Éd. An-Nahar, 1963), L'Age d'écume (Seghers, 1966), Juin et les mécréantes (Seghers, 1968), y Poemes pour une histoire (Seghers, 1972), y entre los párrafos dedicados a ella Belano lee habituée aux chimeres, y lee chez ce poete des marees, des ouragans, des naufrages, y lee l'air torride, y lee filie elle-méme d'un pére druze et d'une mere frangaise, y lee mañee a un chrétien orthodoxe, y lee Nadia Tuéni (née Nadia Mohammed Ali Hamadé), y lee Tidimir la Chrétienne, Sabba la Musulmane, Dáhoun la Juive, Sioun la Druze, y ya no lee más y levanta la vista porque ha creído oír algo, el graznido de un buitre o de un zopilote, pese a que él sabe que aquí no hay zopilotes, aunque eso con el tiempo, un tiempo que ni siquiera es necesario contar por años sino por horas y por minutos, se puede arreglar, lo que uno sabe lo deja de saber, así de simple, así de frío, incluso hasta un zopilote mexicano es posible en esta pinche aldea, piensa Belano con lágrimas en los ojos, pero no son lágrimas provocadas por el graznido de los zopilotes sino por la certeza física de la imagen de Nadia Tuéni que lo mira desde una página del libro y cuya sonrisa petrificada parece desplegarse como cristal en el paisaje que circunda a Belano y que también es de cristal, y entonces cree oír palabras, las mismas palabras que acaba de leer y que ahora no puede leer porque está llorando, l'air torride, habituée aux chiméres, y una historia de drusas, judías, musulmanas y cristianas de la que emerge Nadia con treintaiocho años (la misma edad que Claude de Burine) y una cabellera de princesa árabe, inmaculada, serenísima, como la musa accidental de algunos poetas, o como la musa provisional, la que dice no te preocupes, o la que dice preocúpate, pero no demasiado, la que no habla con palabras secas y certeras, la que más bien susurra, la que hace gestos simpáticos antes de desvanecerse, y entonces Belano piensa en la edad de la Nadia Tuéni real, en 1996, y se da cuenta de que ahora tiene sesentaiuno, y deja de llorar, l'air torride ha secado sus lágrimas una vez más, y vuelve a pasar páginas, vuelve a los caretos de los poetas de lengua francesa con una obstinación digna de cualquier otra causa, vuelve como pajarraco a la cara de Tchicaya U Tam'si, nacido en Mpili en 1931, a la cara de Matala Mukadi, nacido en Luiska en 1942, a la cara de Samuel-Martin Eno Belinga, nacido en Ebolowa en 1935, a la cara de Elolongué Epanya Yondo, nacido en Douala en 1930, y tantas otras caras, caras de poetas que escriben en francés, fotogénicos o no, la cara de Michel Van Schendel, nacido en Asniéres en 1929, la cara de Raoul Duguay (a quien ha leído), nacido en Val d'Or en 1939, la cara de Suzanne Paradis, nacida en Beaumont en 1936, la cara de Daniel Biga (a quien ha leído), nacido en Saint-Sylvestre en 1940, la cara de Denise Jallais, nacida en Saint-Nazaire en 1932 y casi tan guapa como Nadia, piensa Belano con una especie de temblor integral, mientras la tarde sigue arrastrando la aldea hacia el oeste y los zopilotes empiezan a aparecer subidos a las copas de unos árboles bajos, sólo que Denise es rubia y Nadia es morena, hermosísimas las dos, una de sesentaiuno y la otra de sesentaicuatro, ojalá estén vivas, piensa, la mirada fija no en las fotos del libro sino en la línea del horizonte en donde los pájaros se mantienen en un equilibrio inestable, cuervos o buitres o zopilotes, y entonces Belano recuerda un poema de Gregory Corso, en donde el desdichado poeta norteamericano hablaba de su único amor, una egipcia muerta hace dos mil quinientos años, y Belano recuerda el rostro de niño de la calle de Corso y una figura de arte egipcio que vio hace mucho tiempo en una cajita de cerillas, una muchacha que sale del baño o de un río o de una piscina y el poeta beat (el entusiasta y desdichado Corso) la contempla desde el otro lado del tiempo, y la muchacha egipcia de largas piernas se siente contemplada, y eso es todo, el flirt entre la egipcia y Corso es breve como un suspiro en la vastedad del tiempo, pero también el tiempo y su lejana soberanía pueden ser un suspiro, piensa Belano mientras contempla los pájaros subidos a las ramas, siluetas en la línea del horizonte, un electrocardiograma que se agita o despliega las alas a la espera de su muerte, de mi muerte, piensa Belano, y luego se queda largo rato con los ojos cerrados, como si estuviera reflexionando o llorando con los ojos cerrados, y cuando los vuelve a abrir allí están los cuervos, allí está el electroencefalograma temblando en la línea del horizonte africano, y entonces Belano cierra el libro y se levanta, sin soltar el libro, agradecido, y comienza a caminar hacia el oeste, hacia la costa, con el libro de los poetas de lengua francesa bajo el brazo, agradecido, y su pensamiento va más rápido que sus pasos por la selva y el desierto de Liberia, como cuando era un adolescente en México, y poco después sus pasos lo alejan de la aldea.

Soldati, por Giuseppe Ungaretti


Si sta come
d'autunno
sugli alberi
le foglie

jueves 12 de noviembre de 2009

Homenaje a Javier González, Cita sin título-2009



Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.

¿Cómo convertir toda la literatura en un acontecimiento personal? Es un hecho vivido:

-«Miedo me das, viejo marino,
miedo me da tu mano flaca!
Y eres largo, fino y moreno
como la arena de las playas.

Miedo me dan tus ojos vivos
y tus resecas manos frías.»

-«¡No temas, huésped de la boda!
Mi cuerpo vive todavía

Solo, solo, cruelmente solo,
¡solo en un anhelo, un ancho mar!
y de mi alma en agonía
ningún santo tuvo piedad»

Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia. Todo lo que empieza como comedia acaba como ejercicio criptográfico.

Creo en un héroe. El camino está hecho de literatura, a veces. Para mí un héroe es el que entrega su vida a una pasión. La autonomía la defienden los que no son artistas:

«Siéntate, flautista y escribe
en un libro para todos.»
Desvaneciose a mi vista:
yo canté una caña hueca.

Hice una rústica pluma
y teñí las limpias aguas;
cantos alegres compuse
que ojalá gocen los niños

Todo lo que empieza como comedia, termina como película de terror:

Soñé que un hombre volvía la vista atrás, sobre el paisaje anamórfico de los sueños, y que su mirada era dura como el acero pero igual se transformaba en múltiples miradas cada vez más inocentes, cada vez más desvalidas.

Lo que empieza como comedia acaba como marcha triunfal, ¿no?

Soñé que el cadáver volvía a la Tierra Prometida montado en una legión de Toros Mecánicos.

Todo lo que empieza como comedia indefectiblemente acaba como misterio.

Precisamente hoy desde aquí
entre la montaña verde y el río
navegarás en un solitario sampán
para llegar a un puerto o apeadero
a muchos millares de distancias.
Tan vagabundo eres como una nube,
y mi añoranza tan igual al sol poniente.
Quedo con mis brazos agitados
despidiéndote
tan alicaído, que incluso
mi caballo relincha con sincera melancolía.

Aislado, solo, insomne, es todo lo que puedo hacer. Dictar, desde aquí, palabras de alivio, pasearme, de un lado a otro, pensar en las cartas, las respuestas, todo ese dolor: todo lo que empieza como comedia acaba como un responso en el vacío.

¡Ya no miren! ¡Ya no hablen! Se me olvidó algo ¿dónde? ¿por qué? ¿cómo?

¡Vivan los sepultureros de la combinación

De sillas, de atardeceres extra,
de pistolas que acarician
nuestros mejores amigos
está hecha la muerte,

Mas la Vida-en-la-Muerte comienza su labor en el viejo marino.

Maestro por siempre y poeta de vida. Lector último. Rústico

La muerte es un automóvil
con dos o tres amigos lejanos.

Todo lo que empieza como comedia acaba como monólogo cómico, pero ya no nos reímos.

domingo 8 de noviembre de 2009

Giorgio Simone sobre pintura de Barbara Wolfart, Sala Giorgio Simone




Natación, de Virgilio Piñera


He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.
No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

© 2009, Giorgio Simone (imagen)

sábado 7 de noviembre de 2009

Pierre Menard, autor del Quijote; de Jorge Luis Borges


A Silvina Ocampo


La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.

He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).

b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).

c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.

f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).

g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).

h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.

i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).

j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).

k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.

l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).

m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.

n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard recuerdo declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).

p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)

q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.

r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).

s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]

Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]

Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis - el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden - que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos decía para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes.

“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menardestudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo por -consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk...

¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”

A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.

No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell- reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.

He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -Tenues pero no indescifrables- de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...

“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?



[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.

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